Con la llegada de los árabes y el Islam, consintieron con la presencia de los judíos, pero imponiéndoles como al resto de los infieles, fundamentalmente los pocos cristianos que fueron quedando, penosos gravámenes, la conocida como yizia.
Con todo, lo que un día llegaría a ser el reino de Marruecos llegó a albergar la mayor comunidad judía del mundo, aunque hoy, desgraciadamente casi ha desaparecido en su totalidad, sobre todo, a raíz de la creación del Estado de Israel, en 1.948, y luego de la independencia de Marruecos, en 1.956.
La creación de un nuevo hogar para el pueblo judío, donde encontrara cobijo tras el horror del Holocausto, compartiendo territorio con los palestinos, derivó en un conflicto que perdura hasta hoy. Los países árabes, incluidos los del Magreb, solidarizándose con sus correligionarios palestinos entraron en un clima de animadversión hacia sus comunidades judías, muchas de las cuales habían vivido allí desde hacía siglos, y como resultado su expulsión.
Del medio millón de judíos que se calcula que había en el Magreb en 1.948, de los cuales, unos 250.000 sólo en Marruecos, la mayoría fueron expulsados o ellos mismos tomaron la determinación de irse, prácticamente con lo puesto. El mundo mira a los refugiados palestinos y su situación en los campamentos, pero nadie se acuerda del triste éxodo de esta ingente población.
El segundo exilio de los que aún quedaban en Marruecos fue a partir de la independencia. La moneda del nuevo país, pronto devaluada, hizo caer la economía. Y a partir de la Guerra del Yom Kippur, en 1.973, prácticamente había desaparecido la población judía allí. Hoy apenas quedan 5.000 judíos, afincados sobre todo en Casablanca, y que hablan el dialecto judeo-árabe o judío-bereber.
La huella de los judíos y, en particular de los sefardíes está presente aún en todo Marruecos, y especialmente en lo que fue el Protectorado Español y en su antigua capital, Tetuán, con sus juderías, que todavía conservan el trazado de sus calles, y sus sinagogas, cementerios, fuentes, plazas,… por las que pasearon estudiosos de la Torá, filósofos, escritores, ministros o consejeros del rey, como Rebí Isaac Bengualid, o el Premio Nobel de Medicina, nacido en Venezuela pero proveniente de una familia tetuaní, Baruj Benacerraf.
La comunidad judía de Tetuán vivía en su barrio conocido como el Melaj, un abigarrado trazado de más de trescientas calles, angostas, con paredes blancas y puertas verdes, bajo arcos que unían un muro con el otro, y que llegó a albergar hasta 16 sinagogas.
Sin embargo, esta judería, que existió durante siglos, fue mandada derribar por el sultán Mulay Solimán, para evitar la proximidad de la población judía a la mezquita Yemaa al K’abira.
Por el edicto del sultán, cada judío venía obligado a vender su casa a un vecino musulmán y construir, a su costa, una nueva casa, ya en el nuevo mellah. Para ello, tenían de plazo apenas seis meses.
Respecto a la vieja mellah, conviene recordar un triste episodio. El 5 de febrero de 1.860, apenas un par de días antes de la entrada de las tropas españolas, en la breve Guerra de Marruecos – ocasionada por disturbios contra intereses españoles en la zona-, se asaltaron las propiedades de los judíos, ocasionando numerosos destrozos, heridos e, incluso, algunos muertos.
El nuevo mellah se erigió al sur de la ciudad, el Feddan -antigua plaza de España, hoy de Hassan II-, en unos terrenos comprados a las familias Al Attar Erzini, Ghasia y Medina, la clase pudiente musulmana entonces.
El diseño, obra de un arquitecto portugués y con clara influencia española, estaba constituido por alrededor de trescientas calles, estrechas, pero rectas y con arcos blanqueados y altos escalones en las puertas. El barrio se comunicaba con el exterior con un par de puertas, a las que se añadieron más durante el Protectorado Español.
La calle principal, que concluía en la Plaza de España, tenía diferentes nombres en sus tramos, como la calle de Abraham Israel, presidente de la Comunidad; la de Levy Cazés, en memoria del alcalde hebreo tetuaní durante la presencia española entre 1.860 y 1.862, y la de la Guardia Civil. Destacaban otros nombres españoles como Valladolid, Sevilla, Valencia, Fomento, Florida, Prado, o Real Armada. Actualmente aún se conservan nombres hebreos, como la de Sultana Cohen, Vidal Serfati, o Isaac Bengualid.
La judería albergaba los centros en torno a los que giraba la vida de la comunidad, como centros de estudio, hornos de pan, comercios de alimentos casher, y sinagogas, nada menos que dieciséis, entre las que destacaban las de Taurel, Benmalcá, Vidal Israel, Maimón, Nahón, la Pintada, o de los Serfaty. Todas ellas fueron vendidas, tras la emigración, quedando sólo la del rabino Isaac Bengualid.
Ésta incluía tribunal jurídico, biblioteca, horno para el pan de las celebraciones, baño para la purificación de las mujeres, un espacio para la elaboración de vino…Actualmente es la Fundación del Patrimonio Cultural Judeo – Marroquí, promovido por el Consejo de Comunidades Judías, el encargado de su gestión.
Después de 1.912, con la constitución del Protectorado y el crecimiento del Ensanche Español, los judíos fueron trasladándose de la mellah a los nuevos barrios, aunque manteniendo su vínculo con los centros que quedaron en la antigua judería. En la zona europea, tan sólo se creó una sinagoga, la de Yagdil Torá, también desaparecida, y el Casino o Centro Recreativo, que aún atiende a la escasa comunidad judía que todavía queda en la ciudad.